Esto lo escribí para presentarlo en mi clase de Estética, pero por dicha o desgracia - quién sabe - no seguimos hablando de la obra en cuestión:
Ir al teatro a reírse es fácil... ir al teatro a ver un drama, no lo es tanto. Quizá ahí radica lo complejo que resulta hablar sobre esta obra. Describir lo que se siente al enfrentarse a un lado oscuro de la naturaleza humana no es una tarea sencilla, empezando por el hecho de que probablemente no encontremos siquiera los adjetivos necesarios para enumerar las mil y unas emociones y/o sensaciones que pueden abatirnos en la hora y media de puesta en escena.
Confesión de una Máscara es precisamente una confesión, y ninguna confesión resulta fácil de hacer. Confesar algo implica adentrarse en lo más profundo de nosotros, buscar ese algo que hemos guardado celosamente y compartirlo con el mundo, siendo esto último algo que nos deja desnudos y vulnerables, expuestos al escrutinio de los demás.
Todos, por más comunes, normales, que parezcamos, llevamos una máscara. Y todos hemos sentido curiosidad por ver qué esconde cada quien detrás de la suya. Pero a veces ese viaje no resulta tan ameno como pensamos; presenciar el camino que recorre una persona hacia su interior, hacia su pasado, puede terminar en nuestra propia introspección. Puede hacernos chocar de frente con esos pasajes de nuestra historia que, por una razón u otra, queremos olvidar, pero cuya existencia ha forjado nuestro carácter. Incluso puede llevarnos a sucesos que no éramos capaces de recordar.
¿Cuál es tu recuerdo más remoto? ¿La primera imagen que te llega de la infancia?
Para ser sincera, no recuerdo la respuesta del personaje, porque me entretuve buscando mi propia respuesta.
Y es que la infancia nos resulta tan lejana cuando somos adultos que por momentos llegamos a cuestionarnos si realmente sucedió. Sólo llegan ráfagas de momentos, los más felices generalmente, con juguetes, los paseos, el colegio... Cuando esos momentos perfectos de tu infancia se enfrentan a los momentos aberrantes de un personaje visiblemente traumado, te sacudes y te incomodas. Te remueves en tu asiento, miras el reloj... ¿cuándo bajará el telón?
Pero las preguntas me bombardean y vuelvo al lado escudriñador... me pregunto si él hubiera sido una persona "sana" dentro de los límites socialmente establecidos si le hubiesen criado de otra forma. O si yo hubiese terminado así de no tener la infancia que tuve...
Me pregunto si todos tenemos ese potencial de, en algún momento de nuestras vidas, perder el control y cometer aquello que llaman locura... ¿Qué tanto pueden ayudarnos o qué tanto daño pueden causarnos en el afán de ayudarnos y protegernos?
Porque al ver la mano que supuestamente debía sacarle del abismo, ser la misma mano que le entregó el medio para terminar con su "agonía"... me vuelvo a preguntar si existe sensatez alguna, o si todos somos hijos del morbo.