En mi hora de almuerzo, me encuentro con la noticia de que un joven en la escuela Manuela Diez de El Seibo (la que todos los seibanos conocemos como "la escuela pública") intentó incendiar el aula con la maestra y sus compañeros dentro. Y yo me pregunto, ¿qué está pasando?
Muchas veces, cuando digo que mi generación es la última generación rescatable, quisiera equivocarme. Pero año tras año voy encontrando pruebas que me convencen cada día más, historias de violencia y droga en las escuelas, episodios que sólo veíamos en alguna serie de ficción o en un noticiero de algún país lejano.
Para mí es muy difícil imaginar un suceso de esa magnitud. Hice mi bachillerato en un liceo público, cuando la llegada del nuevo milenio era el tema de moda; en una época en que un embarazo era penalizado con la transferencia del estudiante a la tanda vespertina, donde lo más violento que podíamos ver era una pelea entre estudiantes en que el peor resultado era un par de aruñazos y la verguenza de ser señalado como "el que se fajó con fulanito..." La diablura más grande que podían cometer era echar fogaraté en las butacas (toda una tragedia realmente) o explotar un peo químico para boicotear la clase.
Apenas par de años luego de haber concluido el bachillerato, me cuentan que se estaban encontrando armas blancas entre los estudiantes y por eso se había establecido una policía escolar. No me lo creía... ¿cómo era posible en dos años las cosas cambiaran tanto? ¿Es posible que se esfumen tan rápido los valores que reinaban cuando yo era estudiante?
Ahora ser buen estudiante es sinónimo de ser pendejo. Salir embarazada siendo una adolescente es motivo de orgullo. Si un profesor te llama la atención está "sofocando" y se busca la manera de hacer que se le expulse, o peor aún, es razón para herirle o matarle.
Cuando leo noticias como esa, no puedo evitar pensar como los viejos de antes: "Estos son los tiempos finales".
Thursday, March 15, 2012
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