Monday, January 23, 2012

La punta de Duarte... (1° parte)

Los que me conocen saben que cuando me cae con una cosa... ahí voy hasta lograrlo. Hace par de años, se me metió en la cabeza subir al punto más alto de nuestra isla y del Caribe: el Pico Duarte. Entre una cosa y otra, incluyendo dejadez de mi parte y vampiros emocionales, el viaje se ha hecho realidad este año.

Sí... Virginia subió al Pico Duarte. Lo puedo tachar en mi lista de cosas que hacer antes de.. qué se yo.

La ruta elegida fue La Ciénaga - Pico Duarte. Tres días de caminata en que descubres para qué sirven las dos canillas que te pusieron y qué tan importante es saber respirar. Pero vamos paso por paso.

Desde el momento en que dije "sí, acepto meterme en el lío", empezaron a cruzarse un millón de ideas en mi cabeza. Lo primero era sacar tiempo para ir al gym y entrenar el tiempo recomendado (cosa que al final no sucedió). Según iban acercándose los días, me iba preguntando si realmente iba a subir. Mi madre empezó a decir por todos lados que yo iba pal pico, mis amigos sabían que yo iba pal pico... y cada vez que alguien me preguntaba yo solo decía: "bueno, yo dizque voy... o subo o me suben".

Pasaron los días, pasaron las vacaciones, pasaron las jarturas y las borracheras... llegó la semana de prepararse y yo como la mejor, sin nada listo. Tuve mi momento de paniqueo existencial aqueroso en que sólo pensaba que no podría subir, que me iba a quedar por mitad, que por loca me había metido en un lío que no podría resolver. Para colmo de males, empecé a buscar en internet experiencias de los que habían ido, y encontré pocas palabras alentadoras.

"Excelente condición física"... bueh...

Por suerte, con par de discursos dignos de un libro de superación personal, el ánimo regresó a mí. Esto, más que una batalla física, era una batalla emocional. Era lidiar con esos demonios internos que imponen limitantes que muchas veces ni siquiera existen. Para mí tiene mucho significado la frase "querer es poder" porque solo necesito proponerme algo para lograrlo... sí, sí, no me acuerden la vaina esa de nanociencia :p

En fin, viernes tarde, todos listos para zarpar. Entonces me doy cuenta que soy la única mujer del grupo, aparte de Perla, a quien veríamos en La Vega. Great. En la guagua el coro habitual, la espera, la vaina que nunca se planifica y sale al revés... normal. Subimos a Jarabacoa, nos jartamos de arepa, perdimos unas dos horas, seguimos hacia Manabao, luego La Ciénaga... entonces entendí lo que me decía un compañero de trabajo:

"Mira fulana, La Ciénaga es un campo dentro de un campo dentro de un campo".

Oook.

A eso de las 1 am, siento que la guagua se detiene y que el chofer está mirando el letrero que indica hacia donde está el parque. Estaba muy bien señalizado, pero para agregar emoción (o más bien lucha extra) al paseo, él decidió irse por el lado contrario. Todos decíamos que no era por ahí, pero nada... era parte del guión que terminásemos en una cuesta donde la guagua se enchivó, para tener que bajarnos a tomar la lloviznita de la madrugada y nuestra primera dosis de lodo. Después de que los hombres del grupo demostraran sus dotes de macho man empujando (o haciendo creer), la guagua logró salir, nos devolvimos y llegamos a la entrada indicada.

Creo que en ese momento empecé a perder la noción del tiempo, porque después de ubicarnos nos tiramos a dormir un rato (par de horas nada más), pero yo apenas dormité. El cambio de mi cama de Ikea por un piso con sleeping bag es bastante radical, pero en nombre de la aventura, no me quejo. Pasé ese par de horas creyendo que llovía, pero en realidad era el sonido del río.

No sé a qué hora despertamos, ni a qué hora desayunamos. Sólo sé que ese chocolate caliente y esos "trozos" con queso y salami estaban mejor que cualquier bufet de resort. Definitivamente yo estaba en el mood y eso era justo lo que necesitaba: ánimo y energía. El día sería largo y fuerte. Tras perder mucho tiempo (normal en este grupo), empezamos a caminar. En ese momento me propuse dejar de pensar, porque mis pensamientos (no mi cuerpo, como creía) podrían convertirse en mi peor enemigo.

Esos primeros 4 km desde La Ciénaga hasta Los Tablones son la introducción perfecta. Llano en su mayoría, mucha vegetación, el río paralelo al camino, ese sonido que te hace olvidar por completo la civilización... todo un conjunto que cambia tu idea de "estar en el monte" a "estar en el paraíso". Detalles tan pequeños como llenar tu cantimplora en un riachuelo cristalino y saborear lo puro de la naturaleza, te hacen adorar el trayecto, aunque estés conciente de que lo que viene no es fácil.

Parte de este trayecto lo hice sola, lo cual me pareció perfecto. La agitada y loca vida de ciudad no nos permite tener momentos como ese, lo cierto es que sería el primero de muchos. Esos tres días tendría bastante tiempo para estar conmigo misma y desafiar mis propios límites.

De Los Tablones a La Cotorra, la cosa cambia. El camino se hace más accidentado, la vegetación sigue siendo igual de espesa, pero el lodo y las piedras se empiezan a burlar de tus pies. Claro que con solo par de kilómetros recorridos hay mucho ánimo aun. La respiración empieza a agitarse, pero mantener el ritmo es esencial...

Es en este momento donde mi narración se volverá random... como los recuerdos que tengo. Después de La Cotorra, está La Laguna, después El Cruce. Hasta El Cruce puedo decir poca cosa: lodo, subida, lodo, gente bajando y preguntando hacia dónde vas... muchos daban ánimos, otros te miraban con cara de "pobrecito". Pero me quedé con aquellos que me dijeron "falta poco", aun cuando faltaba una eternidad.

Creo que fue en La Laguna que comí un poco y descansé más... del Cruce apenas me acuerdo... sólo puedo decir que el lodo cedió un poco para dar paso a un camino lleno de piedras y cuesta arriba.

Al principio era muy bonita la vegetación y el cambio, luego, a medida que se hacía más seco, más alto y más estrecho... entre curvas y piedras, más curvas y más pendientes, menos aire y más altura, pensamientos traicioneros y pies que dolían... una palabra era recurrente: coño.


¿A ésto es que le llaman la loma del arrepentimiento? Ya entendí...

Pero caminé y caminé... vi a muchos pararse y descansar, yo seguía... la respiración era muy agitada pero se mantenía... sólo par de veces sentí que se me iba el aire. Me detuve, respiré profundamente, probé el agua, seguí... Era cuestión de mantener el ritmo entre la respiración, los dulces, el agua y mirar hacia adelante... hacia adelante pero no hacia arriba. Un paso más, y otro y otro... disfrutar el camino sin pensar en la meta. Contemplar el paisaje sin sentir el dolor en los pies.

Y otra maldita subida. Nunca había apreciado tanto un metro de llano. Un metro nada más. Era suficiente para animarse y seguir...


3 km desde El Cruce hasta Agüita Fría... ¿3? ¿En serio? ¿Quién lo midió? Eso me pareció los 18 km de la travesía de ese día... Me habían dicho que tomara una foto en cada letrero, yo ni recordaba que llevaba una cámara. También me dijeron que en Agüita Fría nacía el Yaque del Sur, y que viera el nacimiento. Me limité a mirar hacia donde estaba... sólo sé que llovía, que yo estaba empapada, que empezaba a caer la tarde y todavía faltaban 4 km para llegar a Compartición.

"Suerte que ahora es bajando".


Asentí sin importarme mucho si era bajando o subiendo. Después de la loma del arrepentimiento, me di cuenta de que lo que viniera no podía ser peor. Por primera vez en mi vida, me sentía agradecida de mis piernas, mis pulmones, mis huesos... sí, ese saco de huesos que me había permitido llegar hasta donde había llegado sin gotear... ese par de pulmones que obedecieron y tomaron aire cuando debían tomarlo.

Y agradecida de Gaia por compartir su grandeza conmigo.

Pero bueno, era solo emoción de 3/4 de viaje. A seguir caminando que la cenita caliente esperaba por mí. Ese trayecto volví a quedarme sola, mirando muy bien las piedras para no hacer tierra antes de tiempo. El reloj me lo habían quitado a mitad de camino, sólo podía guiarme del sol que tenía prisa en acostarse, y yo apuraba el paso porque mi linterna se había quedado en otro lado. Genial, Virginia.

Bajemos, bajemos y sigamos bajando hasta que los ojos lo permitan. Bajemos y no patinemos que no sería nada gracioso... bajemos sin parar que hace frío y oscurece.

Por momentos pensaba: "Esto de regreso debe ser el purgatorio... subir todo lo que estoy bajando"...

Ah, mi manía de sufrir por adelantado, pero bueno, ese problema vendría después. De momento tenía que llegar antes de oscurecer o al menos encontrar quien tuviera luz.

Cuando vi la diminuta luz de una linterna a unos cuantos metros de mí, fue que caí en cuenta de lo oscuro que estaba. Una pareja me esperó, seguí con ellos y de vez en cuando nos quejábamos de lo "eplotao" que estábamos y de que eramos unos masoquistas, pudiendo estar en la comodidad de nuestras casas, estábamos allí esquivando piedras y caminando en contra de nuestros pies que pedían a gritos que nos detuviéramos.

Juro que la luz que venía de Compartición era un espejismo, porque desde el momento que la vi hasta que finalmente llegué allí, ¡pasaron horas! No recuerdo mucho, no veía nada, excepto el escaso camino que iluminaban las linternas. Eran pasos sin sentido, con frío, con hambre, con deseo de ropa seca. Una subida, una bajada, cuidado que hay un barranco... todo daba igual... Tanto así que cuando alguien gritó: "Llegamos!" ni me lo creí...

Vi gente, mulas, casas de campaña... empecé a buscar mi gente sin encontrarla... fui a la cocina, me puse al lado del fuego y el frío y el cansancio comenzaron a manifestarse de verdad. So, lo peor había pasado... había llegado a Compartición...

Lo cierto es que en ese momento no tenía energía para emocionarme. El fuego era mi mejor amigo... lo demás se tornó borroso.

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